La primera consecuencia lógica de la forma de los productos de diseño es su cualidad funcional y la presencia de los requisitos de uso de los mismos.
Todo lo que se proyecte con un fin práctico ha de hacerse en relación con las circunstancias que ofrezcan mejores resultados dentro de la función que se pretende obtener, y cualquier otra meta que se propusiera como prioritaria quedaría fuera de la razón de ser del objeto.
Se han originado diferentes ideologías nacidas de los conceptos “forma” y “función”, concretadas en los eslóganes o máximas proyectuales siguientes:
- “Primero la función, después la forma”: la planificación y el proceso del diseño deben nacer de la necesidad. No existe otra razón que justifique la forma que no sea la función.
- “Primero la forma después la función”: la principal preocupación es dar forma al objeto; pero forma en cuanto apariencia y presencia de aspectos visuales agradables, que inciten a la posesión o consumición del producto.
- “Función y forma son una misma cosa”: la belleza de la forma sería un derivado de la función y un producto de su objetividad.
Tales ideologías parten de concepciones diferentes del diseño; expresan sistemas de producción diferentes, no siendo fácil llegar a una uniformidad de criterios. El funcionalismo, como ideología, siempre estará en contraste con los intereses de las clases dominadoras y del lado del consumidor.
Hoy tenemos la tendencia generalizada de considerar el objeto de diseño desde un punto de vista realista, atendiendo a todos sus aspectos; no descuidando ni los derivados de la forma ni los derivados de la función.
La máxima del funcionalismo que se hizo famosa fue “la forma sigue a la función” debida al arquitecto americano L. Soullivan, según él la teoría funcionalista tendría sentido aplicada a la arquitectura y a los objetos de diseño.